Precisamente a esa hora, tres hombres estacionaron un flamante Ford Escort frente al edificio e ingresaron en la sede del banco de calle San Martín al 44, a tan solo dos cuadras de la plaza central. Y,-como en la escena de alguna mala película de wéstern, al grito de "¡todos al suelo, esto es un asalto!" se adueñaron de la situación. En el interior de la institución hacía no mucho se había instalado una casilla de seguridad blindada, que en ese momento ocupaba el sargento Ricardo Guzmán Osuna, quien trató de asegurar el lugar. Pero uno de los delincuentes ya se había encargado de trabar la puerta, y en el forcejeo Osuna recibió un disparo de 9 mm hecho "al voleo", a través de la puerta entreabierta, que lo hirió gravemente.
Cuentan los testigos que se escuchó una voz en ese instante gritando "¡aseguralo, aseguralo!", tras lo cual los testigos relataron que se oyó otro disparo y luego silencio. Era el tiro con el que el criminal había rematado a Osuna. En la reconstrucción de los hechos, algunos cuestionaron que el policía no se haya encontrado encerrado en el puesto, pero la casilla era un espacio asfixiante en un banco de un pueblo donde nunca pasaba nada a la hora de cierre. Las rutinas tienen eso de hacernos bajar la guardia.
El hecho marcó un antes y un después en la seguridad bancaria, aunque con los años regresaron las viejas prácticas.
Tampoco funcionó el sistema de alarma de la entidad -nunca se supo bien por qué- pero resultó evidente que los delincuentes tenían bien estudiado el lugar y calculaban tener tiempo suficiente para reducir al gerente y llegar al Tesoro, un plan ambicioso pero que -como se verá- no tenía muchas perspectivas de terminar bien.
BOTÍN Y HUIDAMás tarde se determinó que los asaltantes no estuvieron más de seis minutos dentro del local y que alcanzaron a llevarse unos 70.000 pesos (en esa época, eran el equivalente a la misma cantidad en dólares), dinero que recogieron de los cajeros y de eventuales clientes.
Tras fracasar en el intento de ingresar al tesoro y ubicar al gerente de la entidad, los delincuentes tomaron el auto y huyeron ante la vista de la gente que comenzaba a llegar al lugar, alertada por el alboroto y sin saber bien qué sucedía. Esa situación favoreció el escape, ya que los desconocidos lograron colarse entre los curiosos y alejarse raudamente del lugar en el Ford Escort.
NORTE se hizo presente en Villa Ángela con el periodista Carlos Guido Obregón y el fotógrafo "Cacho" Beignier, quienes durante los días de la cacería humana estuvieron pendientes de los operativos en el interior del Chaco.
TIROTEO EN LA MADRUGADALos asaltantes no eran del Chaco, habían recibido apoyo logístico de gente del hampa de la zona de Charata y contaban con la seguridad de un "aguantadero" en la zona rural de Hermoso Campo, un ranchito solitario en medio de la nada desde donde ya habían operado días antes asaltando a dos empresarios que se dirigían a Santa Sylvina por un camino rural, llevándose dinero perteneciente a comerciantes de la segunda localidad. Se trataba una banda con compinches locales que realizaban la inteligencia previa para que los tres ejecutores se hicieran del botín. El dinero del robo en el camino rural nunca fue recuperado.
Tras el asesinato de Osuna se inició un enorme operativo policial para buscar a los criminales, que movilizó a alrededor de 600 efectivos con rastrillajes en todo el sur del Chaco, logrando el primer resultado el viernes 14, cuando se encontró el automóvil abandonado en colonia El Tizón, al sudoeste de Hermoso Campo, localidad ubicada equidistante de Charata y Villa Ángela, en medio de la deshabitada zona rural de esa época.
TRAS LOS RASTROSAsí como los delincuentes tenían su apoyo para realizar la inteligencia de sus blancos, la policía también apeló a sus recursos de información y se estableció que un grupo de desconocidos estaban instalados una vivienda precaria en El Jacarandá, paraje cercano a Hermoso Campo. La zona rural del Chaco no es un buen sitio para esconderse, y menos 31 años atrás, lo que revela el desconocimiento de los delincuentes sobre las condiciones y características locales.
En estos campos los vecinos están distantes entre sí pero todos saben los movimientos de la zona, quién entra, quién sale, y -sobre todo- identifican a los vehículos que no son del lugar. Es simple curiosidad campesina, determinante a la hora de una persecución como hubo muchas en nuestra.
A SANGRE Y FUEGOEn la madrugada del día 15, a eso de las 3 de la mañana, y tras rodear el lugar en el que estaban los prófugos, la comisión policial ordenó a los ocupantes que salieran con las manos en alto, y avanzó hacia el rancho. Los efectivos fueron recibidos con una lluvia de balas.
El tiroteo se prolongó hasta el amanecer, un verdadero combate en el que incluso un policía arremetió a toda velocidad con una camioneta contra la vivienda logrando anular a uno de los delincuentes, que cayó aplastado bajo una pared de ladrillos asentados en barro. El muerto fue identificado más tarde como Horacio Montiveros.
Al día siguiente los lugareños relataron que el campo parecía "en Nochebuena", por la cantidad de estampidos que en la quietud de la zona rural se oían a kilómetros de distancia. Pero este tiroteo tuvo un alto precio para la Policía.
Pasaron las horas y, en medio del caos, uno de los delincuentes simuló entregarse arrojando un arma a través de una puerta. Pero al aproximarse el sargento Alfredo Nazareno Scordo, el sujeto extrajo otra pistola que tenía escondida y disparó dos veces sobre el efectivo, que cayó herido de muerte.
En ese momento el sargento Marino Guadalupe -cubierto por sus compañeros- intentó auxiliar a Scordo, pero también recibió un disparo que lo dejó fuera de combate, al igual que el cabo Francisco Ramón Aguirre, aunque el cuadro de este no revistió gravedad.
En la confusión y en medio de una escena irreal alumbrada por los faros de los vehículos policiales y los fogonazos de las armas, el asesino trató de llegar al auto guardado para la fuga, pero no lo logró.
Se trataba de un Fiat 128, con patente de Chubut, que estaba escondido en un montecito cercano. El criminal más tarde fue identificado como Norberto Zoppi. Como desconocía la magnitud del operativo policial y cómo se había desplegado, intentó llegar al auto para huir pero no tenía chances. Las balas policiales sentenciaron su final al lado del vehículo cuando la luz del amanecer ya comenzaba a aclarar el cielo sobre el monte chaqueño.
Scordo fue ascendido post mortem a sargento ayudante, mientras que el custodio del banco, Ricardo Guzmán Osuna, fue ascendido a sargento primero.
Norberto Zoppi y Horacio Montiveros eran del sur santafesino, de la localidad de Hughes ambos, con frondoso prontuario por varios hechos en la zona del Gran Rosario
EL FINALEl tercer malviviente que logró escapar de esa caótica madrugada de gritos y disparos era Adalberto Oscar Bernard, que se mantuvo en esa condición hasta la medianoche del miércoles 19, cuando fue capturado en el cruce de las rutas 4 y 16, cerca de Quitilipi. Bernard, evidentemente, ya no tenía protección local. Estuvo dando vueltas esos cinco días muy cerca de la ruta 16, hasta que fue detenido sin resistencia.
Un asesino de policías prófugo pierde rápidamente los amigos.Bernard -se supo más tarde- era el cerebro detrás del andamiaje de colaboradores locales que integraba un total de seis sujetos.
Fueron cinco días de miedo entre la gente de campo y en los pequeños pueblos, puertas cerradas con tranca y corrillos de vecinos todo el día. Siempre alguien parecía haber visto algo y la Policía seguía el rastro infructuosamente.
Las patrullas iban y venían por las rutas de la zona, todas de tierra en esa época, excepto las nacionales 16 y 95. Había estrictos controles de ómnibus y transportes en procura del evadido Bernard, además de retenes en todos los cruces. Ya en conocimiento de que sus cómplices habían sido abatidos, Bernard cayó mansamente en un control caminero en el cruce de las rutas provincial 4 y nacional 16.
Paradójicamente, su captura fue sobre la misma ruta donde pocos kilómetros más al norte había sido abatido años antes el popular Isidro Velázquez, junto con su compinche Vicente Gauna.
El 29 de noviembre, la Cámara del Crimen de Villa Ángela, presidida por la doctora Beatriz Moreschi, condenó a cadena perpetua a Adalberto Bernard al hallarlo culpable de homicidio y robo calificado. También hubo condenas para otras siete personas por encubrimiento.
Bernard murió en prisión, y en Villa Ángela una calle -cuya prolongación pasa frente al edificio donde funcionaba el banco- lleva el nombre de Sargento Osuna desde el 30 de diciembre de 2021, recordando al policía caído en aquel tremendo episodio de la historia de la ciudad que mantuvo en vilo a toda la provincia.
(El autor es periodista de la redacción de NORTE)